Si por algo es conocida la ciudad de Ávila es por su muralla. Declarada Patrimonio de la Humanidad y considerada como el recinto amurallado mejor conservado de la época medieval, esta construcción defensiva, lejos de espantar a los extraños, hoy en día los invita a visitarnos.

Su origen medieval está bien establecido, pero se sospecha una existencia anterior, de factura romana y dimensiones más reducidas. Esos muros semiderruidos protegieron la ciudad y definieron su configuración, hasta que en el siglo XII se erige la estructura que hoy conocemos y se despliega a lo largo de un perímetro de 2,5 km., con sus 9 puertas y 2.500 almenas.

En el interior se acomodaron palacios como el Alcázar, que supo integrarla a su construcción, o la Catedral que se abrió paso y se convirtió en parte del conjunto defensivo.

Afuera, el pueblo llano se organizó en arrabales y pagó con sus cosechas el reparo de los muros.

Pero todos, los de adentro y los de afuera, compartían un recurso que caía de los cielos y fluía por los ríos. El acueducto de Ávila, ese gran desconocido, que ha asomado tímidamente, entre excavaciones y obras para dar testimonio de su presencia. Poco se sabe de él, aunque un par de inscripciones en arcas dan pistas sobre su reedificación. Se le atribuye origen romano y unos primeros trabajos de recuperación bajo el mandato de Carlos I.

Su trayectoria se ha reconstruido, situando en los manantiales de las Hervencias su punto de origen. Allí se captaba el agua y se reconducía hacia las fuentes de la ciudad. Apenas dos arcos se mantienen en pie, dando fe del sistema de canalización del siglo XVI. Avistarlos no es tan sencillo, pues hay que asomarse a un patio privado sito en la calle Isaac Peral, y solicitar autorización para comprobar por nosotros mismos que algo queda de la estructura original. Bajo tierra no sabemos qué se puede encontrar, aunque los más optimistas confían en que gran parte del conjunto aún es recuperable y que saldrá a la luz a medida que se intervenga el intrincado entramado de la ciudad.

Por ahora, las suposiciones pesan más que los datos contrastados, pero se especula que el acueducto permitía salvar el fuerte desnivel del terreno, y que su extensión era de unos 300 metros. Su trazado en línea recta cruzaba 25 arcos y unía el punto de partida con la zona donde actualmente se encuentra el edificio de Los Jerónimos. Las conducciones subterráneas de barro, arquetas y pozos y otras estructuras, no sólo saciaban la sed de los pobladores, sino que también surtían pilones para las bestias y lavaderos. Tiempos aquellos en los que los oficios de cerrajeria urgente y fontaneros se fundían en uno solo, y en que las aguas fluían ajenas a contaminantes y vertidos.

Los abulenses y sus visitantes tienen la posibilidad de descubrir estos tesoros y conocer sus historias ocultas, de la mano de María Teresa Calvo y Jesús Delgado, un par de docentes, autores del libro “Historia de las calles de Ávila”, que desde hace unos años organizan paseos guiados.

En grupos de máximo 30 personas, para garantizar que la explicación sea afectiva y que la conversación fluya, aclarando todas las dudas, este par de profesionales nos lleva al encuentro de la historia de la capital de provincia.