Así empezó el discursito una chica que conocí en una discoteca hace menos de un mes en pleno centro de Madrid.

Entre el humo clandestino que había en la discoteca, el alcohol de garrafón al que estábamos enganchados todos los que allí quedábamos y la confusión reinante en aquel momento, acabé al lado de la barra hablando con la única chica que seguía en pie al cuarto chupito gratis de tequila que el camarero se empeñó en regalar.

-Hola, me llamo Alicia y soy de Madrid.

-Yo Pablo, y soy de Ávila.

A día de hoy sigo sin entender el porqué de esas caras extrañas cuando dices que vienes de una de las ciudades más bonitas del centro de España.

-Pues yo una vez estuve en Ávila.

Como si estuviese hablando de Mordor, no ya por las palabras sino por el tono, los gestos… Tuve que explicarle que en Ávila también hay chavales de nuestra edad aunque ella no los hubiese visto aquel día, en pleno Agosto, claro.

Que salimos igual que lo hacen los jóvenes de Madrid, de Barcelona o de Albacete. Que tenemos TDT, Internet y móviles con cámara, y que hay más cosas aparte de la muralla.

Lo divertido en estos casos es ver poco a poco cómo la cara de la otra persona se va iluminando y entendiendo que hay ciudades bastante más interesantes más allá de los 15 segundos que salen en televisión porque ha caído una nevada de escándalo, una inundación de récord o el último caso de corrupción.

Lo realmente gracioso es que no es la primera vez que me pasa, y con personas de diferentes sitios y comunidades autónomas, pero viéndolo desde otra perspectiva, quizás sea un tema de conversación más que interesante para romper el hielo, así que muchachos y muchachas de Ávila, si no sabéis cómo iniciar una conversación con alguien que parece que os ha guiñado un ojo en algún garito tan turbio como la noche que habéis decidido salir de fiesta, usad eso de ‘pues yo soy de Ávila’.